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Día 23 (Monterey - San Francisco) : Ozú, qué frío

lunes, 31 de agosto de 2009 |

Después de un breve (en serio, hoy ha sido breve) desayuno, hemos iniciado el viaje hacia San Francisco. El paisaje cuando nos acercábamos a la costa era muy curioso, ya que estaba lleno de niebla. En cambio, cuando nos alejábamos de la costa, el sol brillaba con todo su esplendor. Poco a poco, iban pasando los kilómetros, y cada vez nos acercábamos más a nuestro objetivo. De las primeras cosas que nos han llamado la atención ha sido encontrarnos de lleno con Silicon Valley, viendo las sedes de Intel, Yahoo, Microsoft, Google... ¡Qué pena haberse dejado los currículums en casa!

Después de todos estos días de buen tiempo entrar en San Francisco nos ha causado un pequeño shock, ya que la ciudad está envuelta durante la mayor parte del año por unas nubes bajas y las temperaturas son bastante frías, especialmente en comparación con los calores del desierto a los que nos habíamos acostumbrado días atrás. Además, tan sólo cruzar las montañas, el sol luce de nuevo y el termómetro también sube.

Llegamos al hotel Tomo al mediodía, y como estamos en el mismo Japantown, decidimos que hoy para comer toca japonés. Nos dirigimos a un centro comercial nipón que hay enfrente del hotel y empezamos a ver uno detrás de otro un montón de restaurantes. Nos llama la atención que en la mayoría de ellos los platos están detrás de una vitrina, para que veas como son las raciones, pero nos sobresaltamos al descubrir que en realidad son réplicas de plástico muy realistas. Entramos en el quinto restaurante que vemos, ya que entre las réplicas de plástico y el olor, el estómago nos pide guerra. Por enésima vez la suerte nos sonríe y nos comemos el mejor sushi de nuestras vidas con un poco de tempura y sopa de miso.


Como dato relevante, decir que los comensales de todos estos locales son japoneses, por lo que estamos convencidos de la calidad y autenticidad de la comida.

Respecto al hotel hemos acertado, ya que es precioso. La decoración está muy cuidada (tiene un estilo japonés-pop muy interesante).


Con la barriga bien llena nos dirigimos con el coche a hacer una visita panorámica de la ciudad. Primera parada Lombard Street, la carretera con más curvas por metro del mundo, con un desnivel del 27%. En el camino descubrimos las empinadas calles de la ciudad y los clásicos tranvías. Al llegar a Lombard primero la bajamos (y subimos) a pie para hacer las fotos de rigor. Cuanto más nos acercamos al final, más se nota el olor a freno quemado (no es de extrañar viendo la pendiente).


Después de subir el desnivel a pie hemos bajado con el coche para ver lo que se siente. El viaje resulta muy entretenido ya que la velocidad, por razones obvias, no puede superar los 10 km/h.

La siguiente parada es Sausalito, una ciudad costera que limita con San Francisco. Para llegar pasamos por el famoso Golden Gate, el cual estaba (como parece ser habitual) medio tapado por las nubes. Al cruzar el túnel que separa San Francisco de Sausalito, las nubes han desaparecido y hemos pasado de un frío invernal al verano al que estábamos acostumbrados. Como dijo Mark Twain: "El invierno más duro que pasé, ha sido un verano en San Francisco".

En Sausalito hemos visto una tienda en la que vendían camisetas muy curiosas teñidas con chocolate, cerveza, café, vino y otros productos, que además dicen que retienen el olor del "tinte" durante más de dos lavados.

Cuando hemos vuelto al clima londinense de San Francisco nos ha entrado hambre (somos básicos: comer, pasear y dormir, je je je) y hemos visto un dinner muy interesante. Una vez dentro y después de pedir comida "de régimen", hemos visto que el local sale en la película American Graffiti... De nuevo acertamos: ¡otro local fantástico y con historia!


Tras la cena, llevamos el coche al parking y hemos hecho limpieza: hemos recogido todos los papeles y cosas que teníamos dentro, puesto que mañana nos despediremos de este cañonero que nos ha acompañado durante toda la ruta durante más de 6.000 km y que para nosotros ha sido como una casa móvil y un compañero más en la ruta. Va a ser muy duro separarnos de nuestro Ford que, por cierto, todavía no tiene un nombre claro, aunque mayoritariamente nos referimos a él como Cañonero (muy trillado, pero apropiado) o Pandoro (el hogar de la Pandorita y muchas veces nuestro salvador).

Mañana seguimos la visita a esta ciudad tan preciosa y acabaremos la jornada en Alcatraz... Bueno, ¡esperamos no quedarnos ahí!